80/90 Dos décadas interviniendo en el castillo de Vélez Blanco Imprimir

Juan Antonio Molina Serrano y Juan Antonio Sánchez Morales, arquitectos.

3 de Julio de 2009


El contenido de la ponencia se ajustará al marco demandado para estas Jornadas: nuestra intervención en el Castillo de Vélez Blanco. Pero, tras examinar las materias a tratar por los invitados que nos preceden, evitaremos en lo posible incurrir en detalles y datos históricos, que hemos de suponer ya señalados y conocidos en lo tocante a la vida y avatares diversos sufridos por el edificio, salvo cuando ello suponga el correcto entendimiento de determinadas decisiones en nuestra labor.

 


ANTECEDENTES NECESARIOS.


img01.jpgEn 1981, la Dirección General de Bellas Artes del Ministerio de Cultura se dirigió al arquitecto Juan Antonio Molina Serrano, residente en Murcia, para intervenir en el Castillo de Vélez Blanco, como nueva fase tras otros trabajos habidos en ese monumento. Las razones oficialmente aducidas para la elección de un profesional distinto al que hasta entonces se había ocupado del mismo.(el granadino Fernando Prieto Moreno, y más tarde la incorporación de su hijo Joaquín) resultaron obedecer a motivos geográficos, aparte de un conocimiento de la trayectoria arquitectónica del nuevo técnico, conocida en la Dirección General por actuaciones en el casco histórico de Murcia, que habían sido debatidas en última instancia en aquella Dirección. Murcia quedaba mejor comunicada, pues, con el linde de la vecina provincia de Almería donde se ubica Vélez Blanco, y ello ofrecía garantías de atención a ojos de Madrid, junto a cierta compatibilidad de entendimiento con las actuaciones últimas de los Prieto Moreno en el Castillo, como era el gesto rotundo de recuperar el acceso al monumento por su entrada principal mediante una pasarela volada.

 

Como providencia inmediata, hubo que conocer a fondo el castillo, histórica y físicamente. Aún cuando se podía acceder  por el portón que hasta hacía poco daba al vacío de un desaparecido puente levadizo, la visita no dejaba de ser laberíntica, pues a la irregularidad de la traza global de la construcción, adaptada a la cima del cerro, se sumaba un interior participativo de una desconcertante ruina por un premeditado saqueo, y trayectos interrumpidos por desaparición de tramos fungibles o atacados. Los muros de las piezas nobles del costado de mediodía aparecían sujetos por forjados de viguetas pretensadas un tanto flechadas y bovedillas de mortero de cemento, donde anidaban vencejos y murciélagos, evitando derrumbes por la carencia de sus arrancados artesonados, y convirtiéndose, a fin de cuentas, en porches privilegiados en donde los más avispados del lugar acudían a secar manzanilla. Visitar la Torre del Homenaje requería conocer de antemano la tronera por la que alcanzar el interior, y, una vez dentro, subir hasta la cubierta por unos angostos y empinados peldaños en tramos de obra.

 

Se respiraba aroma de emergencia y bastante provisionalidad, junto a un intento de poder recorrer el monumento y entenderlo, que habría presidido las intervenciones habidas entre 1970 y 1980 llevadas a cabo por los Prieto Moreno. Cuando uno se documenta de la visita a Vélez Blanco de Olga Raggio en la primavera de 1959, que desde Nueva York se desplaza para investigar detectivescamente la disposición original de los mármoles del Patio de Honor heredados por el Metropolitan Museum, comprende lo arduo de cualquier interpretación de los espacios ante aquellos montones de escombros y confusión de restos, lo que explica la toma en consideración de semejante abandono y la necesidad de intervenciones urgentes de limpieza y saneado del Castillo. Esto llevaría a Fernando Prieto a auxiliar a Olga Raggio mediante los primeros esquemas orientativos, que derivarían más tarde en actuaciones organizadas, dando lugar a determinada documentación de base sobre la que apoyar futuras actuaciones. 

 

 


SECUENCIA DE INTERVENCIONES.


img02.jpgLa llamada desde el Ministerio de Cultura cristalizó en el encargo de un proyecto en 1982 que, atendiendo a la disponibilidad de determinada suma, había de acometerse a la mayor brevedad. Así como de las anteriores intervenciones se desprendía una estrategia de puesta en orden y accesibilidad del monumento, ahora se indicó la conveniencia de primar, de los muchos puntos pendientes de actuación, un sector vacío con restos de muro de tapial que, debido a la esbeltez de alguno de ellos, amenazaba con su incierto desplome, afectando a la conservación y la seguridad. Se trataba del ala oeste del Patio de Honor y, debido precisamente a su situación, iba a arrastrar en la forma de resolver el volumen un conjunto de criterios que requerían ser meditados detenidamente, dada la repercusión futura de los mismos en otros lugares del monumento.


Esta obra, que comenzó a realizarse en 1983 y se prolongó hasta 1987, fue testigo de hechos político-administrativos de relevancia, como la transferencia a la Junta de Andalucía de las competencias para acometer este tipo de obras. Así, en 1985, una vez que el expediente había sido puesto en conocimiento de la Junta, provocó por parte de ésta la consideración de futuras intervenciones que dotaran de continuidad a lo ya iniciado desde Madrid. Dada la singularidad del proyecto en curso, se optó por mantener, en principio, la autoría de los trabajos en el castillo, si bien se tomó la decisión de recabar del arquitecto un Avance Económico global y faseado de lo que restaría por hacer. Esta decisión conllevó la necesidad de hacer un levantamiento planimétrico fiable de la totalidad del recinto, ya que, por mor de la urgencia, para el proyecto en ejecución se había utilizado la colección escueta de planos de los Prieto Moreno y un levantamiento parcial del sector a acometer. Todo ello se completó en 1986 con una Ficha Técnica donde se reflejaba el estado de cada parte del edificio.

 

El resultado de lo antedicho se reflejó en un encargo de la Junta de Andalucía que prácticamente se solapa con la terminación del trabajo anterior. A petición de este organismo, se requiere la intervención de otro arquitecto, y Juan Antonio Sánchez Morales, también desde Murcia, se incorpora al equipo proyectual manteniéndose ambos desde ahora en todas las intervenciones que han de ocuparnos.

Apoyándose en el Avance Económico, el proyecto de 1987 abarca los trabajos en la Torre del Homenaje, acomodando su interior a un recorrido acorde con la primigenia utilización de ésta, para lo que hay que incorporar también aquellos elementos externos de acceso a la misma desaparecidos. En un intento de comenzar a homologar criterios con la anterior intervención del ala de poniente del Patio, se sustituyen los forjados de viguetas por otros acordes con aquélla. Las obras comenzarán en 1989 y durarán hasta 1992, precedidas por otras de emergencia, dedicadas a dotar de apeos y protecciones de huecos a todos aquellos lugares susceptibles de formar parte de una visita turística compatible en tiempo y lugar con las obras a acometer.
 

En 1992 se genera un nuevo encargo, y éste, por un lógico sentido del orden, ha de contemplar qué se debe hacer en el Patio de Honor. Se trata de la cuestión más conocida y delicada de las que genera el Castillo, por lo que le dedicaremos un apartado especial cuando expliquemos con detalle cada intervención. De momento, se soluciona la conexión del área de la Torre con los cuerpos de mediodía, y se completan recorridos por adarves y escaleras (entre ellas, la principal), completando la intervención con la creación de cubiertas, rematando el perfil del monumento. Duran estas obras desde 1994 hasta 1999, surgiendo modificaciones de acuerdo a la complejidad de los temas que se trataban. Sirva como ejemplo la restitución de la desaparecida cornisa del Patio de Honor, recolocando las piezas originales existentes y completando sus vacíos, incluyendo gárgolas y resolviendo la evacuación de aguas pluviales provenientes de las recién instaladas cubiertas. No obstante, el tratamiento de los tres costados del Patio (aparte el de la Torre) quedó aplazado hasta una nueva intervención.
    

Llega 2002, y con él se plantea una nueva intervención. La sombra del Patio pendiente sigue planeando a la hora de decidir contenidos. El Castillo se visita normalmente, puesto que como pieza arquitectónica resulta accesible. Quizás demasiado, por hacerse de manera confiada y sin vigilancia próxima. Otras piezas se utilizan en actos festivos o protocolarios (Patio y zonas nobles) conforme se hace posible gracias a los resultados que se van obteniendo. Esta nueva acción se orienta, por ello, a completar determinados elementos, tales como carpinterías , dotación de algunas áreas, …Es el dictado de los usos que dejan su huella más o menos anónima, como acondicionamiento perentorio para resolver necesidades por medios no siempre acordes con el tono y rigor que se viene empleando en las sucesivas intervenciones restauratorias. Surge así un proyecto de contenido variado y disperso, que aplaza el Patio y que aún no puede profundizar en acabados, al arrastrar el lastre de ignorar el uso futuro.
 

Este último proyecto quedará entregado ante la Junta de Andalucía, y a partir de este momento dejamos de recibir noticia alguna, al menos de forma oficial, acerca de cualquier intervención en el Castillo que nos pueda competir.

 

 


CONDICIONES, CRITERIOS E INCERTIDUMBRES.

El panorama relacionado anteriormente ha servido para recapitular de forma ordenada y fría las intervenciones en el Castillo de Vélez Blanco a lo largo de un periodo dilatado, donde dos distintas administraciones consideraron depositar su confianza en nuestro hacer profesional: la primera, desde la centralidad de un Ministerio rompiendo una lanza a favor de propuestas entonces nada convencionales, y la segunda, revalidando el camino iniciado por aquélla. Pero la historia de esas intervenciones guarda un espesor de vivencias y expectativas que trascienden lo reflejado en la documentación de cada proyecto. De unir esas cuentas con el hilo de la distancia resulta un incompleto y deforme collar que puede y debe explicar la trayectoria seguida en cada momento y la solución a cada encargo.

 

Si en 1959 la visita de una dama neoyorquina catalizó la recuperación de lo que quedaba de un hermoso castillo-palacio, no es menos cierto que la propia visita anunciaba la irreversibilidad de un hecho: la instalación permanente de los mármoles del Patio de Honor en las obras de ampliación del Metropolitan Museum de New York, que en 1964 fue mostrada como una realidad. Se diría que la esperanza de un improbable trueque por otras obras de arte, con el fin de poder recuperar lo considerado más valioso y emblemático del monumento, presidió el horizonte de los encargos hasta bien entrada la década de los ochenta. Incluso tras la asunción de competencias en materia de conservación de Patrimonio por la Junta de Andalucía, en 1984, parece que hubo intentos de negociación no fructíferos en ese sentido.

 

Asumida la carencia, las actuaciones se centraban en la recuperación del conjunto arquitectónico, si bien el vacío central del Patio suponía ineludiblemente el “problema” en cada sesión previa a los diferentes encargos de fases. El criterio restauratorio a seguir quedó claro ya en la intervención de 1982, al ocuparse de una pieza que afectaba a un costado del Patio. Ello sirvió positivamente para trazar el tono y lenguaje de las futuras actuaciones, como ya se ha explicado, con la consiguiente economía de peligrosas vacilaciones y firmeza en la dedicación a la resolución de otros variados problemas.

 

Sobra decir que tal determinación arrastraba una continua tensión presidida por la responsabilidad de estar interviniendo en el monumento más preciado y valioso de la zona. Y aunque el apoyo inestimable de nuestros interlocutores en la Administración ayudaba a proseguir en cada caso, desde los primeros encargos faltó algo reiteradamente demandado: a dónde se quería llegar con la recuperación del Castillo. Una vez que la materialidad de las intervenciones se perfilaba clara, incluida la indecisión más política que técnica del Patio, se echaba en falta la existencia de un Plan de previsiones y futuro, que nunca se nos facilitó o encargó.

 

Concurrían ciertas indefiniciones que no ayudaban a ese objetivo. Durante los primeros encargos, se daba por sentado que la titularidad del Castillo era de carácter público, en virtud de lo cual se generaban los pertinentes trabajos. Más tarde cobra forma la certeza de la propiedad privada del monumento, y así se expresa en la Ficha-Diagnóstico del Castillo, encargada en 1991 por la Junta de Andalucía. No obstante, prosiguen los encargos mientras se llevan a cabo numerosas negociaciones para la adquisición de la fortaleza. Paralelamente, se planteaba la necesidad de asignar un uso al conjunto, pues, aparte los motivos sociales que lo urgían, desde un punto de vista técnico resultaba necesario. Conforme los espacios se definían y depuraban resultaba insuficiente constatar que se entendía el monumento como una pieza de valor arquitectónico apta para su recorrido turístico; se imponía prever su acomodación y sentido dentro de un programa contemporáneo que garantizase de forma sostenible su conservación, ya que la experiencia demostraba el deterioro que sufría el castillo en los breves espacios de tiempo entre una y otra intervención. Además, de todos es sabido que la existencia de un programa condiciona y selecciona las soluciones a adoptar en cada caso: desde instalaciones a dotaciones. Así las cosas, existió siempre un límite hasta donde era posible llegar, a riesgo de actuar de forma arbitraria o a ciegas.

 

A falta de otra guía, nos aferramos a un Plan de Etapas demandado con anterioridad, donde se aplicó el sencillo e intuitivo criterio de ir acometiendo las actuaciones dependientes de la Junta de Andalucía según un orden práctico, comenzando por el lugar más alejado del acceso principal (la Torre y sus aledaños), continuando por la zona colindante que incluía el Patio y cuerpo de salas nobles (donde nos encontraríamos con la primera actuación de 1982) hasta llegar al acceso, para proseguir en un futuro con el cuerpo militar al otro lado de la pasarela de entrada. Era un orden “mecánico” más que conceptual, pero el único que, según lo visto, rayaba en lo posible dadas las circunstancias. A pesar de ello, el paso por el Patio de Honor fue soslayado a nivel de solución acabada, quizás por el respeto y compromiso que lo envolvía.

 

Conscientes de la importancia de cada decisión, que debía argumentarse con rigor ante la atenta vigilancia de los seguidores de la restauración, fuesen técnicos especializados o miembros de la comunidad, ha habido una dedicación intensa a la información exhaustiva en temas relacionados con el Castillo, desde tratados de fortalezas a antecedentes históricos que podían ilustrar acerca de su construcción, así como lo concerniente al devenir de la pieza hasta nuestros días. Se rastreó en el archivo de la Duquesa de Medina-Sidonia para saber cómo se organizaban las cubiertas. Viajamos a New York en 1992 para entrevistarnos con los especialistas que sabían del montaje del Patio en 1964, e identificar qué piezas resultaban ser originales y cuáles no, qué licencias se permitieron y qué elementos afines se incorporaron. Hubo catalogación de los mármoles encontrados en el recinto ya en la primera visita de 1981, así como de las sucesivas incorporaciones debidas al buen criterio vecinal, sensibles al llamamiento hecho para que aportaran los elementos que habían pertenecido al Castillo y que durante generaciones habían descansado en sus casas. Debatimos en foros interesados en esta actuación, sometiendo al conocimiento especializado las soluciones que teníamos previstas, especialmente las que afectaban al Patio de nueva factura, del que nos ocuparemos a continuación… Se exprimía cada situación hasta bordear el límite impuesto por las circunstancias.

 

 


SOBRE EL PATIO DE HONOR.

img03.jpgEn el año 1981 solamente se materializaba la situación del Patio por los arranques murales de los costados de Poniente (con los machones de muro ya reseñados) y de Levante, con la Torre cerrando el espacio por el norte, habiéndose borrado totalmente la crujía porticada de dos plantas de altura en el cierre sur. Las faltas se correspondían con los mármoles arrancados en pórticos y embocaduras, desapareciendo, de paso, los artesonados que les acompañaban, con la consiguiente ruina de lo que hubiese quedado sujeto a ellos.


Precisamente la singularidad de su disposición en el monumento atrajo siempre la atención de tan delicada obra, y la memoria siguió viva tras el expolio por la documentada trayectoria de sus elementos principales. Se sabía el paradero de esos mármoles y su pintoresco avatar. Por ello, apartando nostalgias, quedó claro desde aquella primera intervención nuestra que la solución a estudiar pasaba por alejarse de amagos de imitación, y afrontar la pérdida con un estudio de recambio respetuoso con la memoria viva de lo que hubo, pero con la valentía y seguridad de poder ofrecer a finales del siglo XX una pieza de calidad capaz de codearse dignamente con el poderoso entorno que la encerraba. Sabedores de lo delicado del reto, el estudio del Patio original y del resto del castillo supuso siempre el mejor garante de cualquier iniciativa, que, a su vez, se prolongaba en la totalidad de actuaciones por cualquier extremo del conjunto.


Llevados por ese espíritu, se barajaban soluciones diferentes aunque con un denominador común: la recuperación arquitectónica del espacio primigenio a base de reponer crujías y cubiertas para reencontrar el claroscuro de los pórticos o el calado del pasaje de Levante. Y esta premisa resultó tan fuera de toda cuestión que se acometió una vez resuelta la intervención en el área de la Torre, pudiendo así restituir no sólo el auténtico contorno del Patio, sino completar el espacio envolvente del mismo. En esta operación aparecen los soportes necesarios para la estabilidad de los cuerpos reinstalados, optándose por elementos metálicos cilíndricos de mínimo impacto que se disponen según el eje de los soportes-columnas originales, capaces de integrarse en cualquier futura solución formal que se adoptase.


Con anterioridad a esta operación se generaron bocetos donde cristalizaban las ideas tendentes a visualizar esa solución definitiva. Fueran huecos adintelados o aproximativos al sólido capaz de aquellas arcadas, todo pasaba por resolverse en superficies lisas y tensas en mármol u hormigón. Pero la aportación gestual buscada que habría de dotar al Patio de un acento extraordinario, capaz de convertirlo en pieza singular con carácter artístico de recambio, habría de venir de una creadora conceptual norteamericana, Jenny Holzer. Un guiño interesante; considerando que el Patio original impregna de arte una estancia de New York no estaría fuera de lugar que una norteamericana contaminara de arte la solución supletoria que iba a ocupar el vacío de Vélez Blanco.


En 1991, de vuelta de la Documenta de Kassel, Juan Antonio Sánchez Morales sugirió la pertinencia de proponer un trabajo a esta singular artista, destacada por una obra resuelta en mensajes sobre distintos soportes, desde la piedra brillante a las bandas electrónicas, tanto en lugares reservados y exclusivos como en ámbitos urbanos insospechados, jugando con el gesto misterioso y ceremonial o la sorpresa, pero siempre de contenido crítico e inteligente adaptado a las circunstancias. En el Patio que nos ocupa también existe un mensaje de autoría y poder, ahora en New York, que D. Pedro Fajardo había hecho grabar en el friso que recorre el remate de los tres costados marmóreos. Un eco de ese mensaje, cuyo contenido debería decidir la propia artista, podría instalarse en el nuevo Patio, ofreciéndole la lisa superficie de su acabado como base de una futura epigrafía.


A partir de ese momento, nos pusimos en contacto con la Holzer, tras enviarle un dossier suficientemente informativo, explicando nuestras aspiraciones e invitándola a recorrer juntos esta aventura. No dudó en contestar afirmativamente, luego de visitar el Metropolitan Museum para entender más de cerca la intencionalidad de la propuesta. Paralelamente, José Guirao, entonces director del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía y conocedor próximo del proceso restauratorio del Castillo desde sus tiempos en la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, nos apoyó en la idea tras conocerla e incluso propuso fórmulas posibles de gestionar la operación. Nuestra visita a New York en el 92 para recabar datos de primera mano y comprobar medidas a contrastar con los rastros originales, entrevistas con los responsables del Metropolitan, correspondencia cruzada con la propia artista a punto de visitar Vélez Blanco, entrevista con ella en Madrid, …, todo se encaminaba a preparar la propuesta arropada con todo el rigor posible, conocedores del singular paso que suponía.


Con este bagaje fuimos exponiendo la solución deseada ante los responsables del encargo de la próxima fase. No se producían negativas, pero sí detectamos, llegado el momento, cierta voluntad en desgajar del esqueleto arquitectónico la piel densa que había de formalizar el resultado último. Mientras tanto, situaciones y cargos evolucionaban, fórmulas desaparecían, pero nuestra ilusión y la de Holzer permanecían. Se aplazaba el gesto que debía completar la escena. Y así fue quedando el Patio reducido a una imagen descompensada de finos soportes sustentando una sólida cornisa, que supuso un avance de intenciones al recolocar piezas originales dialogando con los paréntesis neoyorquinos, aquí representados por sencillos volúmenes de mármol. La iniciativa parece apagada; no sabemos si quedan latentes los rescoldos.

 

 


CONCLUSIONES ÚLTIMAS.


img04.jpgEfectuado el relato que pretende registrar todo lo que consideramos relevante de un periodo de permanente responsabilidad sobre la condición arquitectónica del Castillo, que sin que nadie haya llegado a comunicarnos resulta evidente que ya no mantenemos, queremos aprovechar la oportunidad de este encuentro para fijar algunas consideraciones finales que cierren una etapa de compromiso sostenido con la siempre difícil posición del arquitecto frente al patrimonio arquitectónico heredado y que, de paso, permitan deshacer algunos malentendidos y fijar nuestra posición.


1. El Castillo de Vélez Blanco es un edificio conceptualmente contradictorio, que aunó la imagen defensiva medieval con la más innovadora de las condiciones plásticas culturales, como la adaptación de un espacio exclusivo en el Metropolitan para alojar el Patio pone claramente de manifiesto. Desde esa contradicción intrínseca hemos actuado estos años. No es posible fijar un criterio único de intervención y así será el análisis de la situación particular en cada momento el que determine, a nuestro juicio, el mejor proceder. Cabe reponer de forma fidedigna, reinterpretar de forma libre y añadir desde el deseo franco de aportación.


2. El Castillo de Vélez Blanco es una permanente lección de buenas prácticas constructivas. Del saber hacer y del buen hacer. Para nosotros siempre ha sido relevante que toda nueva aportación mantuviera el valor de la materia, la relevancia de la escala, la precisión geométrica, el control formal y el interés por la tecnología.


3. El abandono, expoliación y deterioro del Castillo de Vélez Blanco dificultó enormemente su interpretación funcional, hasta quedar relegado al exclusivo romanticismo de la ruina. En combatir este sentimentalismo nos concentramos. Todos estos años hemos intentado recuperar y hacer visibles y reconocibles sus valores funcionales, programáticos y organizativos: la multiplicidad de circuitos, recorridos e itinerarios, la articulación espacial de los programas, la relación con el paisaje y el territorio.


4. En todo el Castillo de Vélez Blanco puede reconocerse como una constante la soberbia interpretación del concepto de lujo. Sin afiliarse a una determinada interpretación del concepto de lujo es imposible no resultar chirriante, como ocurría con los forjados de bovedillas de hormigón o con las lámparas de “forja” municipal. Quizá, nunca hemos sabido transmitir con acierto esta condición irrenunciable, pero desde luego desde ese compromiso sostenido hemos estado trabajando.


5. Nunca hemos llegado a recibir el encargo de resolver el vacío del material expoliado, aunque sí hemos tenido la oportunidad de disfrutarlo en su actual emplazamiento. En realidad solo hemos realizado especulaciones intelectuales sobre un principio de intervención, pero estamos convencidos de que su reproducción no es el camino, por muy verosímil que resultara nunca dejaría de ser un anacronismo y una infidelidad al espíritu más íntimo del monumento.


6. El Castillo es un símbolo preciso de un poder casi absoluto y extinto, en clara correspondencia con su momento histórico. La recuperación integral del Castillo pasa, creemos, por la complicada aparición de un nuevo poder sustitutorio, de equivalente relevancia, dispuesto a asumir esa pesada herencia, difícil de encontrar en momentos tan débiles como los actuales, si se pretendiera ir más allá de su revitalización turística. Las alternativas blandas siempre encontrarán dificultades de integración o exigirán la ecualización de su maximalismo. Sirva de ejemplo que nosotros pasamos más años intentando la recuperación parcial de los que se tardó en levantar el Castillo en su totalidad.


Murcia, junio de 2009.


 


DOCUMENTACIÓN Y BIBLIOGRAFÍA:


A) CASTILLO:

Como ya se ha citado existe una abundante bibliografía de estudios sobre el castillo de la que desatacamos la siguiente:


RUIZ GARCIA, Alfonso.
“El Castillo de Vélez Blanco”. 1.999


LENTISCO PUCHE, José D.
Revista Velezana, nº 9,13 y 18.


LENTISCO PUCHE, José D., (coordinador)
“El Castillo de Vélez Blanco  1506-2006.  Imagen y Memoria”. 2007.


RAGGIO, Olga.
“El patio de Vélez Blanco, un monumento señero del Renacimiento”. 1.964.


FERNANDEZ GOMEZ, Margarita.
“Los grutescos en la arquitectura española del protorrenacimiento”. 1.987


BLANC, Monique.
“Les frises oublieés de Vélez Blanco”.1.997


TAPIA GARRIDO, José Angel.
“Vélez Blanco, la villa señorial de los Fajardo”. 1ª ed. 1959.


B) ENTORNO:

 

LENTISCO PUCHE, José Domingo.
MOLINA SERRANO, J.A.  y  SANCHEZ MORALES, J.A.
“Revista Velezana” nº18. 1999.